ARTICULOS
ANECDOTAS

Hubo un tiempo en que, el importe de las tapas que se sirven en las Juntas, se pagaban a escote entre los asistentes, en lugar de englobarlo en la totalidad de la cuota como se hace ahora, sin distinción de ausentes y presentes.

Había un hermano que siempre trataba de escabullirse del pago, por aquello de la "artrosis de cartera". En una ocasión, al presentarle el tesorero las cuentas de los gastos de una pasada reunión, como era su costumbre exclamó: - "¡Pero si yo no estuve en esa Junta!". El otro, con mucha cachaza, sacó una foto, y mostrándosela dijo: - "Esta fotografía nos la hicimos ese día, y tu estás en medio del grupo. Mira". El moroso cogió la foto, la examinó con detenimiento y dijo con cierto desánimo: - "Bueno..... a lo mejor.....estuve". Y pago, pero haciendo uso de su derecho al pataleo, apoquinó en calderilla

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Se desconoce la fecha desde la que Los Apóstoles tocan la campanita, después de la reverencia a Jesús en el pórtico, el Viernes Santo por la tarde. Probablemente los orígenes de esta tradición provengan de unos doscientos años atrás, cuando constituidos como entidad independiente, se emanciparon de la tutela de la Cofradía matriz del Nazareno. Con toda evidencia, tiene un carácter de pleitesía, y al mismo tiempo de remembranza de su anterior dependencia. Después de protagonizar el pregón de Semana Santa de 1.982, de una manera informal, se acordó que ese privilegio no le correspondía a San Matías, toda vez que no fue elegido Apóstol directamente por el Mesías, sino por los once que quedaron, mediante sorteo entre dos candidatos, poco antes de Pentecostés. Y así, desde esa fecha, "El arriero", como se le llama de manera coloquial, hace simplemente su reverencia y se retira sin tocar la campana.

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A principio de siglo, el segundo Conde de Casa Padilla, Carlos Fernández de Padilla y García Hidalgo, perteneció como hermano a los Apóstoles. En su día regaló el alfanje que lleva por martirio San Bartolomé, con su escudo heráldico grabado en la cruz de la empuñadura. También, en tiempos de escasez, obsequiaban a la corporación con varios borregos. Pero por lo que más se le recuerda, aparte de su porte mayestático en las fotografías, es por su generoso gesto de pagar dos cuotas, diciendo al tesorero: "Una por mi, y la otra por el que menos pueda".

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Hace ahora unos quince años, ocurrió que el Domingo de Resurrección, estando ya vestidos y dispuestos para salir a la procesión, se hizo notar la ausencia de uno de los doce. Nerviosos y alarmados por lo avanzado de la hora se llamó al rezagado infructuosamente por teléfono, optando al final por enviarle al alpatana a su domicilio. Tardó un cuarto de hora, que pareció medio siglo, en presentarse con el aspecto de sonámbulo y la disculpa del fallo del despertador. Rápidamente se le puso la túnica, el credo, el cíngulo y el manto, pero no aparecía calcetines blancos por ninguna parte. - "No preocuparse, que los que llevo son blancos", dijo el tardón con mucho aplomo. Pero al quitarse los zapatos, en el pie derecho pudimos apreciar con estupor, un roto en el extremo que dejaba al aire con suma impertinencia, un dedo gordo aporrillado y agresivo como espolón de proa, con una hermosa peineta de quince días, presunta culpable del destrozo. Como quiera que en el taquillón, quedaba un resto de pintura de las puertas interiores, un ingenioso, sin más demora, le aplicó en el tomate unos brochazos hasta cubrir la desnudez del intruso, y por ser la pintura acrílica y un tanto pastosa, en pocos minutos quedó seca y formando cuerpo en el calcetín, resultando un dedo de blancura impoluta, satinado y brillante. Y así desfiló hasta el Tropezón sin que nadie lo advirtiera.

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Hasta hace unos quince años se admitía algún que otro invitado el Viernes Santo por la noche con los picoruchos y los tambores. Pero desde entonces se optó por no invitar a nadie, con la salvedad del Presidente que puede hacerlo para un caso de excepción. Se esgrimieron muchos razonamientos para adoptar esta medida, pero en el fondo, y según la opinión de los veteranos, es que las personas ajenas a la Corporación no sienten los tambores , y después de cinco o seis horas de procesión, han dado un concierto desafinado y una serenata de palillazos.

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