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BAJO EL ROSTRILLO, por Joaquín Eugenio López Pérez

De todos los momentos irrepetibles y únicos que se viven en Los Apóstoles, yo me quedo con uno. Uno que sólo desde la óptica de quien lo vive por dentro, puede extraer consecuencias de los sentimientos experimentados, y que además sólo tienen el privilegio de vivirlo los hermanos de la Corporación

 

 

Siempre me había llamado la atención las figuras de Los Apóstoles, austeras, sencillas, sin encajes ni ornamentos sobresalientes, tal como ellos debieron ser. Pero la sensación que me produjo cuando por primera vez me encontré frente a sus ropajes, preparados y listos para ser vestidos aquella mañana de Viernes Santo de 1.990, fue algo indescriptible para mi. En ese momento parecían personajes inalcanzables, los había visto muchas veces desfilando en las calles, rectos, acompasados, inmutables detrás del Maestro, y ahora los tenía tan cerca, tan cerca que parecían estar mucho más lejos que tantas otras veces. 

Estaba dispuesto a representar nada mas que a uno de los seguidores y discípulos de nuestro Terrible, y me embargaba la gran contrariedad de saber si iba a poder con esta carga. Pero esto duró solo un instante, el que transcurrió entre dejar a un lado "los vaqueros" y enfundarme los ropajes del apóstol

Una vez hecho esto, yo, ya no era yo, mis vivencias, mágicamente y sin comprenderlo aún totalmente, se trasladaron  atrás en el tiempo y se entremezclaron con las de mi personaje, o, las de mi personaje conmigo. Al instante éramos solo uno en perfecta simbiosis: El Apóstol con el profano y viceversa.

 Me vi sumergido en un largo camino que, seguido sin vacilar, me condujo al encuentro con el Maestro, un encuentro que en mi mente se tradujo en una mezcla de incertidumbre y temor. ¿A quien vería Jesús? ¿Al Apóstol o al usurpador?. El, de momento no me dio respuesta alguna, sólo durante la subida al Calvario, comencé a sentir su soledad sobre mi rostro, la soledad del que sabe que va a dar su vida por un pueblo que no lo reconocerá. Sentí su angustia, la del que sabe que lleva detrás unos discípulos que al final lo dejarán también solo, y ...... yo era uno de ellos.

Puede intuir como volvía su mirada por ver si todavía lo seguíamos, y estábamos allí, a pesar de la humedad que sentía en esos momentos bajo mis pies. 

Sólo entonces me di cuenta que estaba lloviendo con fuerza, el pelo se me pegaba en la cara y la túnica se ceñía a mis piernas empapadas. También vi, entre lágrimas, que los Apóstoles estábamos solos detrás del Maestro a medio camino hacia el Calvario, como hacía veinte siglos, y que llegados a esa meta, aún bajo el agua, Jesús nos sonrió levemente y se despidió de nosotros mientras emprendíamos el camino de vuelta. 

Entonces lloré amargamente, porque me recorrió un escalofrío  enorme al dejarlo allí, inmerso en esa soledad antes presentida, y mis lágrimas mezcladas con el agua que seguía cayendo, me hicieron deshacerme en parte de mi aflicción por ese abandono, y ya de espaldas al Calvario; creí sentir como el Terrible nos perdonaba a todos por lo que habíamos hecho. 

Sólo cuando me quité la túnica mojada y comencé a secarme el cabello, me dí cuenta que no estaba en Jerusalén, que no era el apóstol San Bartolomé, ni que tan siguiera aquel recinto era el Cenáculo. Me hallé súbitamente en Madre de Dios, 36 y SIMPLEMENTE : HABÍA ESTRENADO APOSTOLADO